“Mantengo, sin apenas dudas, que pasear con entusiasmo y sin rumbo se aprende y se cultiva. Como se cultivan la ilusión y el gusto por sorprenderse. Si te acompañan con amor y te toman de la mano.”
Comienzo con unas palabras del capítulo 9 del libro Andar por andar de Adriana Herreros, que titula Un elogio del andar por andar. Escuché la reseña en un programa de radio que se llama Atriles entre los árboles cuando estaba planeando mi ruta por el Camino de Santiago y me llamó la atención, lo busqué en ebook para poder leerlo sin añadir peso a la mochila, no lo leí entonces porque leer en el móvil es incómodo, pero a la vuelta, en la tablet, lo leí con gusto, cuenta cosas interesantes y algunas resuenan conmigo.
Dada mi afición a caminar, no me atrevo a llamar casualidad a que, al poco de acabar de leerlo, se me hayan presentado dos ocasiones de pasear Madrid.
Un martes por la tarde tenía una actividad céntrica donde el coche hubiera sido un estorbo, pero conducir hasta casa y volver a Madrid en metro me parecía una pérdida de tiempo. La coincidencia de que el miércoles por la mañana tuviera que hacer otra gestión, también en un lugar malo para llegar en coche, me hizo plantearme dejarlo en el CAD para volver a casa al salir de trabajar al día siguiente, sin preocuparme de él hasta entonces.
Entre la hora de salida de mi trabajo y la de la actividad había demasiado tiempo, si cogía el metro iba a tener que deambular mucho rato sin rumbo y me temía acabar dando vueltas al mismo sitio o yéndome lejos y llegando tarde en el último momento. Se me ocurrió buscar cuánto podría tardar andando, rondaba las dos horas, hacía un tiempo espléndido y decidí que era la mejor forma de aprovechar la tarde.
Caminé calles desconocidas, atravesé barrios de distinto caché, se nota en el ancho de las aceras, en el aspecto de los edificios, en los tipos de tienda… hasta en la edad de la gente que anda por la calle. Me crucé con vecinos de tertulia, sentados entre un banco y un poyete, niños de uniforme acompañados de niñeras racializadas, gente sentada en las terrazas de los bares o esperando el autobús. El trayecto casualmente pasaba por el negocio de un amigo y me entretuve con él un rato poniéndonos al día de lo que nos había pasado desde la última vez que nos vimos.
Fue una experiencia muy agradable, caminar siempre me entona el ánimo, me hace sentirme bien conmigo, el cuerpo responde al movimiento y, como voy a mi ritmo, no me canso.
Así que, el miércoles, al salir de mis gestiones y viendo que también tenía tiempo suficiente, me animé a llegar al CAD caminando. Por suerte, el punto de partida era otro y el recorrido no coincidía, ni siquiera en la parte final, salvo en la inmediata llegada a destino.
El paisaje y el paisanaje volvían a cambiar, por los barrios y por los horarios, había gente de compras, ejecutivos saliendo y entrando de oficinas y no había niños en la calle.
Reconozco que prefiero andar con rumbo que deambular, a pesar de que lo haga muchas veces o me invente una ruta, porque por algún sitio tengo que ir. Siempre acabo con el paralelismo con la vida, no es lo mismo vivir una vida con sentido que vivirla porque hay que seguir viviendo, inventando pequeños planes o pequeñas metas que vayan marcando el camino, aunque no sepas a dónde vas.
Por si tenéis curiosidad, ambas fotos son de Madrid, tomadas durante los paseos que relato.

