sábado, 26 de septiembre de 2026

IMPRESIONES DE CAMINANTE (VII)



Comienzo la primera etapa de una forma que me parece genuina, echo a andar desde  casa, aunque estrictamente sea la de Itzi, el Camino no pasa por Santurtzi, pero enganchar con el recorrido a la altura de Portugalete supone menos de un kilómetro y ahorrarme el recorrido urbano desde Bilbao. Recorrido que, de alguna manera, he realizado ya: paseos por ambos lados de la ría, cruzar el Puente de Vizcaya o subir por el Casco Viejo de Portugalete. Tras el primer encuentro con el mar en la playa de La Arena de Zierbena, acabo en el albergue de Pobeña, hablo un poco con la hospitalera, Carmen, que también es de Madrid, y justo al acostarme, con una inglesa que duerme en la litera de abajo. No hago mucha intención de relacionarme con nadie, me requiere un esfuerzo porque tendría que ser en inglés. Si después voy coincidiendo con gente, ya tendré tiempo de lanzarme.

La subida a Itsaslur desde Pobeña está cortada y hay que tomar una ruta alternativa por el bosque, a ratos también se ve el mar, aunque salgo antes del amanecer hay suficiente claridad como para no necesitar el frontal. Esta segunda etapa está llena de variantes. Yo elijo la “oficial”, que es algo más larga, creo que no ha sido la más popular, adelanté a dos peregrinas y no las he vuelto a ver a pesar de pararme, y solo me han adelantado dos peregrinos en dos momentos diferentes. En el albergue éramos unos treinta, algunos salieron por delante, pero la mayoría salieron después; estoy segura de que muchos eran más rápidos que yo, sobre todo porque me lo he tomado con calma. El recorrido de hoy eran unos 22 km y he tardado casi siete horas. La etapa de ayer fue toda por asfalto, la de hoy, tres cuartas partes. He llegado a Castro Urdiales con los pies recalentados y descubro que, después de cuarenta años de ausencia, las ampollas han hecho de nuevo aparición en mis pies. Este inconveniente queda eclipsado por la perspectiva de cenar con Itzi, que viene a verme y a dar una vuelta por Castro aprovechando que está a 20’ en coche de su casa, y por el privilegio de una noche en un alojamiento donde disfrutar de una habitación para mi sola.


En la tercera jornada me acompaña el dolor de pies, y mucha carretera, aunque se pasa por sitios espectaculares como un encinar que acaba al borde de un acantilado sobre el mar o la playa de Oriñón. Más peregrinos, me adelantan y los adelanto. He reservado plaza en el albergue de Liendo, solo cabemos unos 15, supongo que la mayoría ha seguido hasta Laredo. El albergue no tiene hospitalero, es una autogestión extraña, salvo las instrucciones para entrar, lo demás tienes que imaginarlo, unos y otros nos vamos dando indicaciones de lo que descubrimos. Otra vez me parece que todos son extranjeros. El pueblo tiene un supermercado que no abre por las tardes y tres bares que se reparten el negocio; al llegar paso por uno que está cerrado, pero tiene horario y veo que abrirá más tarde; encuentro otro en el que me admiten a pesar de ser las cuatro de la tarde, como una ensaladilla y unas albóndigas que me saben a manjar, después cierra y no lo vuelvo a ver abierto; a la hora de cenar voy al primero, pero no tiene abierta la cocina, me indica cómo llegar al tercero y me avisa de que es el único sitio que da cenas. Al día siguiente, el sitio abierto para el desayuno es el que se había resistido para comer y cenar. 

La salida de Liendo es entre urbanizada y campestre, se pasan magníficas casonas y preciosas casas de indianos, la mañana es soleada y veo como se va evaporando el rocío formando una bruma que embellece el paisaje. Se llega a Laredo tras una subida y una bajada que bordean unos acantilados. Hay que recorrer Laredo hasta el final del Puntal para coger la barca que cruza a Santoña. Elijo descalzarme y recorrer el camino por el borde del agua en lugar de seguir por el paseo marítimo, mis pies lo agradecen. En Santoña he vuelto a reservar habitación en un hotel. Después de unos garbanzos con callos y una merluza y de descansar un rato de andar y del calor, paseo hasta la iglesia de la Virgen del Puerto, en un extremo, y hasta el puerto en el otro extremo. La cena: unas anchoas del lugar.


De Santoña a Güemes la aplicación dice que son 20 km, mi contador de pasos da más de 23, tal vez sea por el desvío al albergue. Es una etapa sin grandes desniveles pero con mucho asfalto y, hoy especialmente, mucho calor. Me he cruzado con bastantes peregrinos en parejas o solos, hay pocos grupos y poco numerosos, supongo que son reuniones temporales de caminantes. Al llegar al albergue yo era la número 29, pero después no han dejado de llegar, nos han contado que éramos 57 y 20 pasábamos de los 60 años. El albergue “La cabaña del abuelo Peuto” es un lugar curioso, hay muchos voluntarios que van repartiendo a los peregrinos por las habitaciones y te explican dónde están los espacios comunes. Después de la ducha y hacer la colada deambulamos por el jardín, algunos charlan, otros descansan, otros escribimos. 

Antes de la cena comunitaria nos convocan a una reunión para conocer la historia del albergue, el padre Ernesto, alma del lugar, nos cuenta que nació allí y cómo se fue materializando la idea del albergue, un espacio abierto a todos. Tiene 89 años ¿qué quedará del espíritu que ha querido darle al lugar cuando él desaparezca?¿podrá su ONG mantenerse sin él? Me planteo siempre preguntas similares ante proyectos que se sostienen sobre personalidades carismáticas. Después de la cena nos invitan a una reflexión, fuimos muchos menos, es en un espacio que evitan llamar capilla pero que podría serlo, con un mensaje pintado en sus paredes sobre el camino de la vida y la libertad. Me recuerda a la capilla que teníamos en los locales del Arcla. Investigo y descubro que los murales de ambos espacios son de Mino Cerezo, un sacerdote claretiano además de pintor. Tenemos la suerte de que en estos días hay una pareja que está durante unos días ayudando en el albergue y amenizan las reuniones con música, él toca la guitarra y ella canta, lo hacen bien. Se me representan Peter, Paul and Mary con los años a cuestas y habiendo pasado de trío a dúo, las canciones: Let it be, Gracias a la vida, Take me home, country roads… Fue una experiencia de revival de mi adolescencia que no esperaba.

La última jornada ha comenzado con desayuno en el albergue, cada uno a su ritmo y a su hora, siempre que fuera entre las 7 y las 8 de la mañana. El día ha amanecido nublado, como decía una alemana que también acababa hoy en Santander, el día estaba así para que le diera menos pena irse. La carretera nos esperaba nuevamente. En Galizano las guías avisan de que hay un desvío, 4 Km más pero cambias la carretera en el interior por un camino bordeando la costa. La elección está clara, más siendo hoy una etapa corta. Localizando el desvío me alcanza un madrileño que había conocido en la cena del día anterior, acompasamos el ritmo y llegamos en animada charla hasta la playa de Somo y de allí al punto donde se coge la barca para ir de Somo a Santander, mientras esperamos se une a nosotros la alemana. Nos despedimos en Santander donde un autobús me dejará en Santurtzi poniendo fin a mi recorrido.







IMPRESIONES DE CAMINANTE (VI).





Ha querido la casualidad que la serie Impresiones de Caminante esté dedicada de forma consecutiva a dos tramos del Camino de Santiago. Aunque de la anterior ya hace dos años, esta entrada podría empezar casi igual que la última: “De Bilbao a Santander se tarda hora y media en coche, a pie, una semana.” Y podría hacer algunas reflexiones parecidas, pero quiero intentar no sonar a repetida.

Voy a dividir en dos el relato para poder poner fotos sin que me de problemas la longitud de la entrada. La primera son generalidades, la segunda lo que podría llamarse diario de viaje.


Parto con un destino conocido, como hace dos años, pero con un recorrido por descubrir. Esta vez sola, no voy a poder apoyarme en la sociabilidad de mi acompañante, ni puedo evitar la socialización con otros por estar acompañada. 


La ventaja de ir sola es que puedo ir a mi ritmo, seguir o parar sin afectar a nadie, eso me permite estar en un presente perfecto. Veo amanecer, contemplo el mar y todo lo que está por detrás de mí, al este, y lo que vendrá, al oeste, saludo a los animales que jalonan el camino y se hacen notar de forma sonora, perros, gallos, ocas… patos, algún gato, vacas y caballos son más silenciosos. Me paro a contemplar unas flores o a tomar un café o a ver una ermita. No hago pausas largas para descansar, porque en ningún momento siento que lo necesite, tampoco el terreno es excesivamente exigente.


He caminado sola, casi siempre, salvo el rato que fui con una iraní llegando a Laredo y la llegada a Santander desde Galizano, que he ido con un madrileño. Me ha dado tiempo a pensar, pero casi todo el rato he ido contemplando el paisaje, controlando por donde voy y pensando en la llegada. Los pies me duelen más de lo habitual por culpa de las ampollas del segundo día, pero he conseguido tenerlas a raya sobre todo la del pie derecho, es posible que la atención que me requieren también me libre de otros pensamientos. A veces me acuerdo del trabajo, de mi casa, de amigos y sobre todo de Itzi, pero como ya dije, me muevo en el presente y con eso me basta.


Quiero dedicar unas palabras a los agradecimientos, aunque haya dicho que no he tenido gran contacto social, el premio se lo llevan todas las personas que facilitan la ruta, por supuesto a todos los voluntarios de los albergues, también a los que señalizaron los puntos dudosos y a los que pusieron en marcha aplicaciones de apoyo que mantienen al día, en mi caso una App que se llama Buen Camino. También gracias para todas las personas que se cruzan con nosotros y nos miran con amabilidad y nos desean buen camino, recuerdo de forma especial a la que me lo dijo por primera vez, caminaba por una pista asfaltada con un carril para peatones y otro para ciclistas, yo subía por una cuesta y bajaban dos chicas en bici, al cruzarme con ellas escuché “buen camino” ya a mis espaldas, me volví, le grité “gracias” y me quedó una sonrisa y la sensación de que de verdad había comenzado el recorrido. 



El otro agradecimiento grande es para los que mantienen iglesias abiertas, que son muy pocas, en Laredo es un empeño de turismo, en lucha contra el párroco, cobran un euro simbólico para hacer frente a las quejas por los gastos de luz; en San Miguel de Meruelo no se pasa por la puerta, pero escuché voces que me hicieron pensar que estaba abierta, efectivamente había dos parroquianos en el atrio y la puerta estaba abierta, por el pasillo salía el cura que me preguntó si quería algo, le dije que no, que había querido entrar al verla abierta, hizo un gesto de aprobación, al salir estaba esperando para cerrar, pero en ningún momento me metió prisa; en Güemes, la ermita de San Julián permanece abierta de continuo, es un centro de acogida (a la entrada hay una jarra con agua y vasos), y de exposición de dibujos, fotos e historias de los peregrinos, que conviven con las imágenes de la ermita, quiere ser un centro de interpretación del camino, soportado por voluntarios del pueblo y peregrinos.


Los hosteleros también facilitan el camino, cuento lo que comí en alguna ocasión, son las comidas que considero especiales, con las que me permití el capricho, aunque fuera de un menú del día. El resto, he sobrevivido con lo que había al paso: pinchos de tortilla, sándwiches, hamburguesas, o alguna fruta, mis conocidos tomatitos y frutos secos.