Ha querido la casualidad que la serie Impresiones de Caminante esté dedicada de forma consecutiva a dos tramos del Camino de Santiago. Aunque de la anterior ya hace dos años, esta entrada podría empezar casi igual que la última: “De Bilbao a Santander se tarda hora y media en coche, a pie, una semana.” Y podría hacer algunas reflexiones parecidas, pero quiero intentar no sonar a repetida.
Voy a dividir en dos el relato para poder poner fotos sin que me de problemas la longitud de la entrada. La primera son generalidades, la segunda lo que podría llamarse diario de viaje.
Parto con un destino conocido, como hace dos años, pero con un recorrido por descubrir. Esta vez sola, no voy a poder apoyarme en la sociabilidad de mi acompañante, ni puedo evitar la socialización con otros por estar acompañada.
La ventaja de ir sola es que puedo ir a mi ritmo, seguir o parar sin afectar a nadie, eso me permite estar en un presente perfecto. Veo amanecer, contemplo el mar y todo lo que está por detrás de mí, al este, y lo que vendrá, al oeste, saludo a los animales que jalonan el camino y se hacen notar de forma sonora, perros, gallos, ocas… patos, algún gato, vacas y caballos son más silenciosos. Me paro a contemplar unas flores o a tomar un café o a ver una ermita. No hago pausas largas para descansar, porque en ningún momento siento que lo necesite, tampoco el terreno es excesivamente exigente.
He caminado sola, casi siempre, salvo el rato que fui con una iraní llegando a Laredo y la llegada a Santander desde Galizano, que he ido con un madrileño. Me ha dado tiempo a pensar, pero casi todo el rato he ido contemplando el paisaje, controlando por donde voy y pensando en la llegada. Los pies me duelen más de lo habitual por culpa de las ampollas del segundo día, pero he conseguido tenerlas a raya sobre todo la del pie derecho, es posible que la atención que me requieren también me libre de otros pensamientos. A veces me acuerdo del trabajo, de mi casa, de amigos y sobre todo de Itzi, pero como ya dije, me muevo en el presente y con eso me basta.
Quiero dedicar unas palabras a los agradecimientos, aunque haya dicho que no he tenido gran contacto social, el premio se lo llevan todas las personas que facilitan la ruta, por supuesto a todos los voluntarios de los albergues, también a los que señalizaron los puntos dudosos y a los que pusieron en marcha aplicaciones de apoyo que mantienen al día, en mi caso una App que se llama Buen Camino. También gracias para todas las personas que se cruzan con nosotros y nos miran con amabilidad y nos desean buen camino, recuerdo de forma especial a la que me lo dijo por primera vez, caminaba por una pista asfaltada con un carril para peatones y otro para ciclistas, yo subía por una cuesta y bajaban dos chicas en bici, al cruzarme con ellas escuché “buen camino” ya a mis espaldas, me volví, le grité “gracias” y me quedó una sonrisa y la sensación de que de verdad había comenzado el recorrido.
Los hosteleros también facilitan el camino, cuento lo que comí en alguna ocasión, son las comidas que considero especiales, con las que me permití el capricho, aunque fuera de un menú del día. El resto, he sobrevivido con lo que había al paso: pinchos de tortilla, sándwiches, hamburguesas, o alguna fruta, mis conocidos tomatitos y frutos secos.



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