lunes, 20 de junio de 2022

TRAPOS SUCIOS

 Un hombre, cualquier hombre, vale más que una bandera, cualquier bandera. 

Eduardo Chillida


El desencadenante de este texto ha sido la historia que me cuento sobre desencuentros vecinales cada vez que veo, en un edificio cercano al mío, la exhibición, en sendos balcones separados por una altura neutral, de una bandera republicana y una rojigualda. Llevan bastante tiempo y no sé decir cuál pusieron primero, ambas andan igual de desgastadas, seguramente fue cuestión de horas o pocos días la aparición de ambas, yo las vi a la vez y de ahí la suposición de un choque de pareceres perpetuado.

Ojalá me equivoque y luego sean vecinos educados y razonables que hayan sabido manejar sus diferencias con la exhibición de sus símbolos. Pero no dejo de pensar que es un pulso de fuerza, una guerra por el poder y la razón. ¿Cómo no va a haber guerras entre países si no somos capaces de estar en paz con nuestros vecinos?

Se me vienen a la mente otras formas de mostrar el poder y establecer diferencias en lo cotidiano, a veces sutiles y otras no tanto. Y no son diferencias enriquecedoras sino clasistas, impuestas desde la dominación.

Una la tengo identificada en mi trabajo: desde hace muchos años, para preservar la privacidad, registramos los datos de nuestros pacientes con una clave, esa clave está asociada a sus apellidos, cuando yo empecé a trabajar la clave para los que sólo tenían un apellido se completaba con 2X en los huecos correspondientes al segundo apellido. Hace años la CAM decidió cambiar el sistema y utilizar letras del nombre y del primer apellido para los nacidos fuera de España, tengan o no dos apellidos, incluso aunque tengan la nacionalidad española ¿Por qué lo considero una diferencia desde la superioridad? Porque les pone en desventaja, en otros ámbitos la clave sigue componiéndose a la antigua usanza y resulta un ejercicio de investigación conectar los datos de uno y otro lado. Al margen de señalarles como extranjeros (¿con qué intención?) da lugar a absurdos: un español, hijo de españoles pero que la casualidad hace nacer en París lleva clave de extranjero porque la clave se genera automáticamente y entre las variables que usa está el lugar de nacimiento.

Otra presión, tengo relación con un grupo de chicas jóvenes marroquíes, hablábamos del verano, casi todas se iban a ir a Marruecos a ver a su familia, todas menos una, aún “no tiene papeles”, está empadronada, va al instituto como las demás, pero si se va, no podría volver. Maldito sistema que no permite la libre circulación de las personas, que te planta en tu cara un “no te quiero” pero no te dejo irte porque me viene bien para demostrar mi poder.

Supongo que hasta cierto punto ese pensar que lo mío es mejor (mi país, mi equipo, mi familia, mis ideas…) es una forma de supervivencia, pero la hipertrofia de ese sentimiento sólo puede llevar a la degradación y a la destrucción. Entiendo el progreso desde la colaboración, la incorporación de nuevas ideas, la participación de lo mejor de cada uno, el respeto y el reconocimiento de lo diferente. Todo lo de fuera no es mejor, pero tampoco peor.

Otro ejercicio de poder me parece el de los narradores, para los que no somos testigos de cualquier hecho nos queda la versión del que nos lo cuenta, de viva voz, por escrito o en una película.Sabemos que la historia se explica diferente por ganadores o perdedores, según los intereses económicos del que la cuenta, según los sentimientos del autor:

He visto la película “El olvido que seremos” basada en la biografía que escribió el autor sobre su padre. No he leído el libro pero quiero suponer que no difiere mucho. Está claro que quería y admiraba a su padre pero me gusta la capacidad de mostrar las sombras del protagonista, nombrándolas, dejándolas ver sin ahondar en ellas.

Yo misma estoy utilizando mi cuota de poder, contándoos mis reflexiones y mis conclusiones sin más puntos de vista, sois libres de leerme o no, estar de acuerdo o no, pero ya os hago asomaros a unas ideas que tal vez ni hoy ni nunca necesitabais. Así que perdón por disponer de vuestro tiempo.

Puede ser conveniente lavar los trapos sucios en casa pero también es saludable sacarlos a secar al sol.    




                   


miércoles, 25 de mayo de 2022

MIL AMORES


Amor de madre.

Amor de hija.

Amor de hermana.

Amor de amiga.


Charlas banales, 

diálogos profundos,

coloquios interesantes,

conversaciones divertidas.


Amante, 

compañera, 

cómplice,

camarada.


A veces a solas,

otras en compañía,

compartiendo corazones

o descubriendo caminos.


Mil razones.

Mil canciones.

Mil colores.

De mis amores.


lunes, 21 de marzo de 2022

DE CASTIGOS Y PENITENCIAS

Desde pequeña me caló muy hondo eso de “no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados”. Creo que me pesan por igual ambas partes de las sentencias.

¿Quién soy yo para decir si lo que hace el otro está bien o mal? ¿qué sé yo de sus circunstancias? ¿qué sé yo de su intención o de su capacidad? 

¿Acaso estoy yo libre de errores, distracciones, negligencias… o de dejarme llevar por un impulso o una pasión?

Esto no quita que reconozca que hay cosas que me parece que están mal hechas o que no me gustan, y que considere que nuestras acciones tienen consecuencias y que debemos asumirlas. Y así es como entiendo los castigos y penitencias. No se trata de añadir un mal a otro mal o una injusticia a otra injusticia. Someternos a las consecuencias de nuestras obras y decisiones es un acto de coherencia y una posibilidad de aprendizaje que nos puede hacer poner más cuidado en lo que hacemos.

Los que me conocéis mejor me habéis podido oír más de una vez que yo obligaría a los diseñadores a utilizar lo diseñado durante un tiempo para asegurarse de que el confort acompañe a cualquier otro criterio; por ejemplo, les haría pasar por las escaleras con peldaños que no permiten alternar las piernas al subir o bajar, también obligaría a los que deciden qué asfalto poner en las carreteras a sufrir el ruido ensordecedor kilómetro tras kilómetro a pesar de no superar la velocidad máxima de la vía. Yo sustituiría  “el que rompe, paga” por “el que rompe, arregla” o “limpia el que ensucia”.

Y ¿a qué viene esto? pues a que, una vez más, he hecho el camino de mi casa al garaje acordándome de la insolidaridad de algunos de mis vecinos.

Cuando vinimos a vivir al barrio todas las casas tenían soportales de tal manera que, en días de lluvia, frío o sol abrasador, se podía ir con cierto alivio bajo su protección.

Es cierto que esa misma protección la usaban los chavales para reunirse, algunos ruidosamente, y otros dejando un rastro de suciedad al marcharse; y que algunos rincones han sido utilizados por vendedores de sustancias ilegales o, incluso, por algún amigo de lo ajeno para sus fechorías.

Pero en lugar de emprender campañas educativas sobre el ruido, la limpieza y la buena convivencia entre vecinos o solicitar más vigilancia policial para control de delitos contra la salud pública y la propiedad, hemos preferido atrincherarnos y negar un espacio de uso público a la comunidad.

Hace unos años una medida así requería unanimidad, pero ahora parece que argumentando que es por seguridad basta una mayoría simple para que salga adelante. A pesar de que algunos vecinos votamos en contra, mi edificio también ha sido rodeado de rejas recientemente.

Así que ahora los chavales hacen ruido y ensucian igualmente, pero más expuestos. En lugar de robarme bajo un soportal lo pueden hacer a la intemperie. Y estoy segura de que los camellos no han ido muy lejos porque yo sigo oliendo a porro por la calle con la misma frecuencia que antes.

Hoy llovía al volver a casa, el suelo estaba seco bajo los soportales vallados. Sólo deseo que los vecinos que votaron a favor de los cerramientos se hayan mojado más que yo.   










          






      


miércoles, 16 de marzo de 2022

VIVIR PELIGROSAMENTE: VIVIR

 Vivir en sí mismo es estar en peligro. Es la única actividad con un 100% de mortalidad aunque casi nunca nos acordemos y nos creamos inmortales y seamos tan simples que dejamos de vivir plenamente por si acaso nos pasa algo malo, como si por vivir menos expuestos no nos fuera a pasar nada.

Y para vivir del todo necesitamos amar y ser amados y ¿hay algo más arriesgado que el amor? ¡Menuda aventura! Porque el amor, el nuestro, siempre es imperfecto y ¿el de las personas amadas…? pues también. Así que vamos en una cordada en la que nos fiamos unos de otros a sabiendas de que algún día podemos fallar, por ausencia, por distracción, por cansancio, por desinterés, porque nos han hecho una oferta mejor para unirnos a otra cordada…

El amor, como las plantas, hay que cuidarlo y, tal vez, eso sea vivir, aunque, a veces, a pesar de nuestros cuidados, la planta se marchite. 

Aún así, mejor vivir en riesgo y sin garantías que no vivir.





VIVIR PELIGROSAMENTE: MORIR

No hay riesgo en morir porque después no puede pasar nada peor. Aunque no lo sabemos. Hay mil hipótesis y creencias de lo que viene luego. Yo espero algo mejor, aunque, por si acaso, prefiero enterarme lo más tarde posible.

Otra cosa es que mientras vivimos vamos muriendo poco a poco y ahí sí que puede haber peligro:

En las situaciones que abandonamos por cobardía, por pereza o por impaciencia y podrían habernos conducido a una vida más emocionante o más plena.

Y en aquellas otras de las que no nos vamos por miedo al vacío o porque estamos cómodos aunque sepamos que a la larga nos harán daño o descubriremos que no era nuestro sitio.   

También morimos un poco cuando las personas que queremos dejan de estar a nuestro lado. Algo de nosotros muere con su ausencia, aunque podamos recuperarnos.


martes, 15 de marzo de 2022

VIVIR PELIGROSAMENTE: DESEAR

Perseguir aquello que anhelamos es arriesgado.

Nuestro esfuerzo, nuestro tiempo, nuestro pensamiento, nuestras herramientas… las ponemos al servicio de conseguirlo sin conciencia de que sólo hay dos finales posibles:

Que no lo logremos, incluso después de varios intentos, y que nuestra capacidad y nuestro interés se desgasten tanto que desistamos de alcanzarlo.

Que veamos cumplido nuestro deseo y una vez en nuestras manos nos invada el cansancio de todo lo que hemos invertido en lograrlo y dudemos si mereció la pena porque, lejos de saciarnos, empezamos a desear algo nuevo. 

Ya se sabe: los dioses castigan a los hombres concediéndoles sus deseos.

Menos mal que lo mejor, casi siempre, no es la meta sino el camino y la compañía.



VIVIR PELIGROSAMENTE: ARRIESGARSE

Asomarse al precipicio a pesar del vértigo. Salirse del camino. Llegar más lejos. Buscar un lugar desconocido. Cambiar el punto de vista. Abrir la mente. Escuchar y dejarse llevar.

Decir que sí y probar aquello que nos daba miedo. Disfrutar en el intento. Confiar aun estando inseguros. Atreverse con algo nuevo. Permitir que alguien conozca nuestra debilidad… y si perdemos, volver a empezar, sin mirar atrás.