miércoles, 28 de julio de 2021

VIVO Y ESCRIBO

De nuevo recupero escritos anteriores, algunos son monólogos interiores que dejé salir sin censura, aunque ahora los recorte.

Que no se asuste nadie. Hay momentos oscuros que se pasan. Mi tono vital ha mejorado mucho. Haber ido recuperando el contacto físico con mi gente me da otra perspectiva aunque aún no haya conseguido centrar el rumbo. Escribir me ayuda. 

No sé por qué me decido a publicarlos, ni sé por qué ahora. Supongo que quiero alimentar el blog y lo que estoy escribiendo actualmente aún no tiene la forma ni el contenido adecuado o es demasiado reciente como para que mi pudor permita airearlo. O tal vez, igual que encuentro en lo escrito por otros la expresión de lo que yo siento y no sé decir, espero que alguien encuentre que  mis palabras sirven para plasmar sus sentimientos, pero esto me parece demasiado pretencioso. O tal vez, es la recapitulación de un año y el calor del verano que invita a no moverse mucho facilita esta actividad.

Julio de 2020:

“Me rondaba algo la cabeza esta tarde, alguna asociación de ideas de esas que sólo tienen relación para mi, pero ya no sé qué era. Y sé que quería escribir sobre ella.

Tenía que ver con mala espina, escepticismo, descreimiento, pero no atino con el asunto.

Creo que se ha desencadenado por un comentario, oído más de una vez, sobre la pérdida de los seres queridos… que es más fácil para los creyentes. Y se me ha hecho un lío en la cabeza.

Cuando se murió mi padre yo tuve la certeza de que volvería a estar con él, en su plenitud, sin enfermedad ni marcapasos y después, cada vez que alguien se me muere, quiero rescatar esa sensación pero no la alcanzo. No tiene nada que ver saber una cosa con sentirla, ni alivia la separación. Es como si alguien muy cercano se va de viaje sin fecha de vuelta y sin poder comunicarte con él. No vas a dejar de echarle de menos ni vas a dejar de preguntarte hasta cuándo.

Voy recordando, era sobre la desconfianza o más bien la decepción que voy acumulando de las asociaciones humanas con supuestos objetivos benefactores, desde ONGs a clubes deportivos o incluso el escultismo.

No sé de qué me sorprendo, sólo son el reflejo de la imperfección humana, la de cada ser imperfecto que las formamos. También reconozco que, por temporadas o desde ciertos puntos de vista, las bondades son muchas, más que la suma de las bondades individuales, pero hoy no se trataba de eso.

Y no es que esté especialmente negativa o triste, pero me asaltan pensamientos que se obstinan en no ser optimistas.

De alguna forma estoy cansada de tener que estar bien siempre aún cuando no tenga motivos. Floto en una realidad ausente, es una estabilidad emocional plana, en una salud física dolorida y medicada que sin embargo no claudica, como en los versos de Rudyard Kipling “gritando: ¡persistid, es la orden!” Pero sin conducirme a nada.

Viendo pasar mi vida y la de los otros como quien contempla una película, a ratos buena y otros no tanto, pero sin poder hacer nada por cambiar el argumento ni el final.”

Septiembre de 2020: 

“Me gusta escribir aunque no sepa, aunque no tenga nada que decir o lo que se me ocurre ya esté dicho de antes. 

Me ronda escribir sobre la no vida ¿qué es la felicidad? ¿qué es estar en paz con uno mismo?

Vuelve a ser septiembre, de un año que no cuenta o que cuenta demasiado. El año del COVID, el año del chat del ARCLA, 5 años en que no estás…¿cómo habrías llevado el encierro?

Suena la lavadora, vueltas y vueltas a la ropa, limpiar, aclarar, escurrir. Tal vez un par de ciclos de lavado me vendrían bien para restaurar el orden en mi cerebro. Ponerle un rumbo. Recuperar la ilusión por algo más que un instante fugaz.

Siempre estoy bien, siempre estoy bien, siempre estoy bien, el mantra que se repite sin fisuras, todos lo saben, todos esperan que así sea. Si tú estás bien yo estoy bien, me lo digo al espejo y sonrío cuando me veo llena de canas y arrugas que no reconozco aunque me las sepa de memoria porque veo el gesto y las manos de mi madre. Se asoma un ser que sobrevive para no dar la lata. Escribo y lloro con una emoción absurda, innecesaria, vacía. Se me olvidó la vida en un rincón y allí me espera, cuando pueda librarme del peso de no ser, cuando sea capaz de soltar todo lo que me pongo encima para parecer viva. 

He descubierto que me gusta coser y que procrastinar es un verbo que conjugo bien.”

Junio de 2021:

“Por la tinta del boli se escapan los males. Seguiría escribiendo hasta calmar mi ánimo. Aunque no sepa ni qué decir.

Aún no me ahoga la sensación de soledad, pero hoy estoy muy sola. […]

Debería ir a dormir pero aquí estoy, agazapada en el sofá. Dejando pasar el tiempo una vez más. Sin futuro, sin ilusiones, habrá que vivir y encontrarlas.

Mejor me voy a dormir. Mañana será otro día.”

“Como en Obaba los números acuden a mi cabeza a la primera de cambio: 

Cuento los escalones cuando subo andando a casa: 8 en cada tramo, 2 tramos por piso, 6 pisos.

Y ahora los años acabados en 1, sé que otros años también pasan cosas y que no recuerdo, a bote pronto, nada del 71 ni del 81. Pero en el 91 me casé, en 2001 nació Itzi, en 2011 operaron a Joaquín del maldito cáncer de esófago y en 2021 Itzi se independiza  […]”

Julio de 2021:

“Quiero escribir desde la felicidad.

Ese estado de ánimo que se acompaña de una sonrisa y de serenidad.

Sentirme bien con lo que hago.

Aunque sé que estoy negando una parte oscura que sigue ahí. Quiero pensar que no es mi responsabilidad, pero no dejo de echármela encima.

Al final voy a donde no es ¿o empecé desde donde no es?

[…]

Algo de mis neuronas se transmite hasta mis dedos y los traspasa y se prolonga por el bolígrafo hasta el papel. Como si pensara por mi.

Me gusta escribir.”


jueves, 3 de junio de 2021

CUANDO MENOS ME LO ESPERABA

Esta pandemia me está volviendo loca.


Mi vida discurría tranquila y rutinaria, previsible, incluso aburrida, pero apacible.


De repente llegó el encierro, que yo creí exagerado de primeras y luego ha resultado ser una catástrofe sanitaria y social que yo observo desde los márgenes.


En este colapso, donde la distancia social es un imperativo necesario, donde la presencia física de las personas que quiero se ha reducido al mínimo y cuando se da es con una barrera de vacío infranqueable, el pasado se ha asomado a mi vida en forma de red social.


En el confinamiento me invitaron a un chat con un montón de recuerdos que fuimos capaces de rescatar para construir un presente nuevo, reconociendo a personas que nunca nos fueron presentadas, compartiendo sentimientos y experiencias comunes sin saberlo, apoyándonos en las dificultades actuales, transmitiendo ánimo y alegría de forma solidaria.


Atreviéndome en un uso que yo no le daba he abierto otra ventana por la que se me han asomado otras personas del pasado, contactos no borrados pero silenciosos y silenciados durante años, que están dispuestos a una comunicación cotidiana.


Por otro lado están las relaciones nuevas, presenciales, que imagino que han podido darse por ser menos comprometidas. Como los amigos nos hemos retirado para cuidarnos, han aparecido conocidos con menos reparos que se han ido haciendo hueco, aprovechando la ausencia. Y ahí están.


Pero ahora mi vida está patas arriba, el caos que yo depositaba en casa para poder tener una vida ordenada hacia fuera y un equilibrio en mi cabeza, ese caos, se ha apoderado de toda mi vida. Hasta las plantas de mi despacho han  detectado mi desequilibrio y empiezan a marchitarse. Mis pacientes (por suerte sólo algunos) se desestabilizan con nuevos argumentos.


Mi hija, mi  principal motivo para no sucumbir a sabiendas de que aún me necesita, vuela cada vez más independiente, como debe ser, pero padezco de vértigo a terceros.


Siento una energía que renace, pero tan explosiva que es inútil, al final sólo me sirve para caminar cual Forrest Gump para intentar gastarla y que no me destruya.


Parece que la pandemia remite, se ve que soy de llevar la contraria y ahora creo que se precipitan en relajar las medidas de seguridad.


Yo no sé cómo voy a recuperarme. Mi entorno más cercano y yo nos hemos salvado de graves consecuencias por contagio del virus, al menos hasta ahora y, con más vacunas puestas, confío en mantenernos a salvo, pero mi espíritu ha sido zarandeado y no me reconozco.


Supongo que saldré adelante, como de todas las batallas que he vivido.



lunes, 18 de enero de 2021

MUÑECAS

Aprovechando que ahí fuera nos acecha un virus fácil de contagiar y difícil de erradicar, que Filomena nos ha dejado un manto blanco que nos dificulta la movilidad ya restringida, que la contaminación ha venido a sumarse a este ensayo de Apocalipsis y que nos amenazan con inundaciones para los próximos días, yo he venido a hablar de mis muñecas.

Mi padre me trajo una muñeca Barbie de Alemania cuando era una niña y aquí apenas se conocía. Su gracia, y el motivo por el que mi padre me la trajo y se convirtió en un juguete verdaderamente disfrutado por mí, era que sus rodillas estaban articuladas y recubiertas de goma de tal forma que hacía un efecto muy natural, aunque con un crujido artrósico característico que para mí era otro atractivo. Realmente era de buena calidad porque sobrevivió a las infinitas flexoextensiones a las que la sometí. Era una muñeca rubia y esbelta pero con cuerpo de niña, nada que ver con las Barbies de después. Esa muñeca estuvo alguna vez en manos de mi hija pero ya no llamaba la atención y se quedó en un cajón del que la he sacado para la foto.

La verdadera inspiración para que os cuente esto hoy ha sido mi querida amiga Teresa Rishik (para mí siempre vas a ser Teresa Marín)  que ha puesto una foto de una Barbie en su página de Facebook. Hace un par de años Teresa me sorprendió regalándome una glamurosa muñeca Barbie con una enigmática introducción: “voy a hacerte un regalo que no te han hecho nunca ni te van a volver a hacer”.Y espero que tuviera razón porque no quiero empezar una colección por espectacular que pudiera ser. Aquí la tenéis.








sábado, 19 de septiembre de 2020

PASAN LOS AÑOS

                               
                                      


Hacía más de 5 años que no estaba en Chinchón. Algunos sábados Joaquín se levantaba con ganas de no quedarse en casa y nos íbamos a desayunar por ahí, lo mismo daba Chinchón que Torrelaguna, y lo mismo daba que el desayuno fuera a las doce o a la hora de comer. Una vez acabamos durmiendo en Plasencia y el desayuno fue al día siguiente.

Hoy he vuelto a Chinchón, más bien me han llevado. De forma parecida a como hacía su padre, ayer, nuestra hija, me propuso la visita. Había un motivo. Hace pocos días que ha aprobado el examen de conducir y quería probarse en una carretera enrevesada y, sobre todo, probarme que puedo estar tranquila si coge el coche, lo llena de amigos y se va por ahí. 

Se preguntaba qué bromas le hubiera hecho su padre en estas circunstancias. Tiene la percepción de que Joaquín la chinchaba para reírse juntos y quitar hierro a las situaciones difíciles. Dice que era la forma en que la hacía saber que la quería. El puesto de copiloto de hoy hubiera sido suyo. Y hubiera estado tan orgulloso de ella como lo estoy yo.



jueves, 9 de abril de 2020

(MI VIDA ENTRE PARÉNTESIS)


El paréntesis se abrió  cuando diagnosticaron a Joaquín de cáncer. 

Mi vida era una vida normal, que no idealizo pero que discurría de forma natural, sin que necesitara plantearme qué hacía con ella.

Ese día todo se paró. La vida se convirtió en un presente absoluto. Todo lo que no tenía que ver con acompañarle en su enfermedad quedó en un segundo plano. Seguía cumpliendo con mi trabajo y poco más.

Nuestra hija colaboró como pudo, sólo ella me sacaba del estrecho margen en el que había enfocado mi pensamiento. Ella y la enfermedad de mi madre. Fueron años muy intensos, con muchos momentos de felicidad, sinsabores, preocupaciones y esperanzas, pero me sentía en posición de standby. Esperaba que la mala racha pasara y que la vida volviera a fluir hacia mi deseo de envejecer juntos viendo crecer a Itziar.

No pudo ser. Joaquín se murió y mi proyecto desapareció. Me mantuvo la compañía de mi hija, el propósito de que ella tuviera un punto de apoyo para seguir adelante. Pero seguía clavada en el presente, avanzando por inercia, instalada en resolver las necesidades de cada día y desconectando el resto del tiempo ¡Cuántos ratos haciendo nada!

Empezaba a despertar y ahora viene este parón obligado en el que sólo siento no poder estar físicamente cerca de mis amigos. Me asusta la facilidad con la que pienso en el encierro como un destino apetecible. Siempre me he acomodado a las circunstancias tratando de hacerlo con el menor coste emocional posible, pero sé que vuelvo a quedarme atrapada en el paréntesis.

TIEMPO DE PANDEMIA


Se podía oler el miedo. Era olor a lejía y a alcohol y a jabón de manos. Todo el mundo limpiaba todo y se limpiaba continuamente, hasta desollar la propia piel. Nadie se tocaba. Si era imprescindible siempre había una barrera que impedía sentir la suavidad o el calor del otro. Y qué decir de los abrazos, si todos caminábamos a distancia.

Se habían acabado los susurros, esa misma distancia obligaba a conversaciones en voz alta. Pero casi todo el tiempo el sonido que se escuchaba era el del silencio, no había griterío de niños jugando en los parques, ni el ruido del tráfico, tal vez alguna sirena de un coche de emergencias...

Y mientras, como un brindis al sol, se aplaudía en las terrazas y se pintaban arcoíris y se encendían velas o se apagaban luces a las órdenes de unos mensajes que se propagaban más rápido que los virus, sin saber quién los lanzaba pero que permitían instalarse en la comodidad de creer estar haciendo algo útil, arropados por la mayoría.

domingo, 29 de marzo de 2020