jueves, 14 de septiembre de 2017

IMPRESIONES DE CAMINANTE (II): EN SOLITARIO

 
El Chorro de Valdesotos


Me había guardado un día libre para el aniversario de Joaquín. Igual que el año pasado Itziar no quería hacer nada especial, aún estaba de vacaciones y su mejor plan era quedar con sus amigos.

Yo no quería acabar el día con la sensación de haberlo perdido, ni dedicarme a añoranzas estériles. Decidí irme de excursión, como hubiera hecho con Joaquín de haber tenido un "festivo" para nosotros. No quise repetir lugares en los que hubiésemos estado. Elegí un destino nuevo, lo encontré buscando "piscinas naturales" en los alrededores de Madrid: El Chorro de Valdesotos.

Quizá es la primera vez que afronto en solitario una salida sin una finalidad concreta salvo darme el gusto de ir a conocer un sitio nuevo. Escribo para ordenar la aparición continua de diferentes sensaciones que me asaltaron y, de paso, compartir mis impresiones.

El navegador del coche me llevó por un camino de asfalto descarnado, curvas y pendientes, me sorprendí disfrutando a pesar de considerar en algún momento el riesgo de estar en una carretera perdida sin cobertura de teléfono. Estaba avisada de que tenía que dejar el coche a la entrada del pueblo, así que no me extrañó encontrar una barrera que impedía el paso de coches, pero sí, y gratamente, que no hubiera ningún otro vehículo en el espacio habilitado como aparcamiento.

El bar estaba abierto y entré a tomar impulso y el pulso al lugar. El que lo atendía ni siquiera era del pueblo, me enteré por la conversación que tuvo con el único paisano que entró al bar cuando yo ya había conseguido un té con hielo a mi gusto (por algún motivo que desconozco, si pides un café con hielo te sirven un café con un vaso lleno de hielo al lado, pero si pides té con hielo te ponen un té y le echan un solo hielo). Ni preguntaron ni les expliqué mis planes, con lo que había leído supuse por dónde debía buscar el camino del Chorro y al poco dirigía mis pasos con seguridad hacia el paraje. Hacía calor y había insectos que me acompañaban zumbando cerca de mis oídos, a ratos caminaba por lo que parecía el lecho seco de un arroyo... ¿se habría secado la poza?, esquivando un obstáculo me subí por unas rocas, al bajar di un pequeño salto, me desequilibré y di con mis huesos en el suelo, incluidos los de la cara, afortunadamente las gafas no se rompieron y el accidente  se quedó en un raspón en el brazo y un hematoma en el muslo, seguí andando como si nada hubiera pasado, encontré agua estancada y un poco más allá apareció el lugar, tal cual salía en la foto que me animó a visitarlo.

Reconozco que, de primeras, dudé sobre el acierto de haber querido ir allí. Por suerte no había nadie, pero eso también podía representar un peligro, por otro lado se veían demasiados restos desagradables de presencia humana... ¿había merecido la pena conducir hora y media y andar media hora más para aquello? Ya estaba allí, mi plan era darme un baño, hacía una temperatura agradable pero la poza estaba en sombra debido a las paredes verticales que la flanqueaban. Me animé a intentarlo, el agua era cristalina y el fondo, negro por ser terreno de pizarra, se veía limpio. Saqué la toalla, las sandalias, me despojé de la ropa y di los primeros pasos en el agua, estaba fría, avancé hasta sumergir las rodillas, me limpié  los restos de la caída y me encontré allí sola con el frío... ¿qué hacía allí? ¿y si me pasaba algo? Respiré hondo, las piernas habían reaccionado y no pedían huir, estaba donde quería e iba a cumplir mi plan. Me quité las gafas, las dejé en una repisa de la roca, sin riesgo de caer al agua pero más a mano que mis pertenencias. Eché a nadar, 3-4 brazadas de ida y las de vuelta, no me atreví a llegar a la caída del agua, pero ya mojada me dediqué a disfrutar, por algo en los SPAs se paga por meter los pies en agua fría y por andar por un lecho de piedras. Pasaba del sol a la sombra, de pie, sentada, me tumbé flotando y mirando al cielo y agradecí haber llegado allí y
haberme quedado.

El Cubillo de Uceda

Al poco de empezar a volver hacia el pueblo me crucé con una pareja que buscaba el lugar: "Dime que no queda mucho" me dijo él, "estáis llegando" respondí y me alegré de que me hubiera dado tiempo a irme antes de sentir que me desalojaban (aún sin querer).

Le pedí al navegador que buscara otra ruta para volver. Descubrí una iglesia con un ábside  mudéjar que paré a fotografiar, por supuesto la iglesia estaba cerrada. Acabé el día pasando a visitar a una tía que tiene casa en El Vellón y ambas celebramos mucho vernos.

El día se convirtió en uno de esos para mi armario de las fotos fijas para revisar en caso de desaliento.


jueves, 20 de julio de 2017

TIEMPO


Me falta y me sobra.

                            
    Lo pierdo.
    Lo anhelo.
        
     Añoro el que fue.
     Imagino el que está por venir.
          
      ¿Ahora?
                                    ¿Cuándo?
                   
                           
                                   Pasa despacio si quiero llegar.
                                   Rápido se esfuma si me quiero quedar.
  
                                            No vuelve si se va.

miércoles, 14 de junio de 2017

MACHISMO

Imagen presentada en la asignatura
de Valores Éticos sobre "micromachismos".

Estoy cansada de que se trate de empequeñecer el abuso con el que las mujeres tenemos que convivir a diario. El que inventó el vocablo "micromachismo" sabía bien lo que hacía, quería quitar importancia al caldo de cultivo nutridor  de todos los comportamientos que menosprecian a la mujer y facilitan que quede relegada fuera del ámbito público salvo como adorno.

Seguramente no pensaría así si sólo contase mi historia, soy mujer de una familia con mayoría aplastante de mujeres, muchas solteras o viudas jóvenes que tuvieron que hacerse fuertes y salir adelante. Mis padres, sin ser de ideas especialmente avanzadas, me educaron para ser independiente, el machismo se quedaba fuera de mi entorno inmediato. Otra cosa es la sociedad en la que crecí y vivo. Otras mujeres no han podido sustraerse a la influencia permanente y sorda de una sociedad que nos quiere en posición de desventaja.

Pienso en mi hija, nacida en el siglo XXI y educada conscientemente desde la igualdad de derechos y obligaciones. Ella me ha enseñado, desde bien pequeña, los resquicios por donde se cuela, como el gota a gota que horada la piedra, el machismo que impera.

Se habla mucho de lenguaje inclusivo, yo pensaba que no tenía tanta importancia hasta que un día, al recoger a mi hija en la guardería nos dijeron que los niños tenían que ir disfrazados al viernes siguiente, ella nos miró y preguntó ¿y las niñas? Desde ese día tengo claro el efecto invisibilizador del masculino como forma no marcada en el plural y no me va a convencer ningún lingüista, hombre o mujer, de lo contrario.

Mi hija, como tantas mujeres, vive en una carrera de obstáculos permanente para poder hacer lo que le gusta sin que la juzguen, critiquen o se ponga en peligro. De siempre le ha gustado mucho moverse y aunque hace deporte federado con un equipo femenino, también le gusta jugar al fútbol con sus amigos cuando quedan para jugar cualquier tarde, ha tenido que ganarse a pulso un sitio entre ellos, todo en masculino porque la única chica es ella, hace tiempo que cuentan con ella sin cuestionarla, pero aún tiene que soportar miradas y comentarios de los chicos de otros grupos contra los que juegan.

El último éxito del machismo y por el que escribo estas líneas entre triste e indignada está también protagonizado por mi hija. Aún es menor de edad, algunos días me pide volver más tarde porque va con su pandilla al cine o a cenar, siempre vuelve antes de las 12 y siempre me informa. Hasta ahora no sólo no le daba miedo volver sola a casa, sino que le gustaba, ella se sentía segura y me agradecía que confiara en ella. Me ha contado que ha empezado a no ir tranquila porque desde no hace mucho se ha dado cuenta de que "la miran" y no son miradas inocentes. No es un micromachismo, es machismo con mayúsculas. ¿Por qué las mujeres no podemos vivir en paz?

viernes, 17 de marzo de 2017

DESILUSIÓN

Ayer volví a entrar en esa iglesia...
Fue una experiencia tan distinta...

La otra vez encontré paz, la que volví a buscar ayer y no encontré.

En la puerta un cartel mil veces visto en otras tantas puertas como esa: "Guarde silencio, entra en un lugar de oración".

La otra vez entré por curiosidad, ni siquiera recordaba ese cartel, pero el ambiente invitaba a orar, meditar, hacer silencio interior. 

Tomé unas notas de aquel momento inesperado que tanto agradecí: 


Al entrar noté un olor pastoso, que sin llegar a ser desagradable, sí echaba de menos algo más de ventilación. Luego llamó mi atención el silencio, un silencio con fondo de mundanal ruido, el ruido que se había quedado fuera y ocasionales ruidos de portalones dejados cerrar a su aire. Un sacerdote se acercó a mí, pensé que venía a decirme que cerraba y que tenía que irme, pero no, amablemente me indicó la puerta que se dejaba abierta, me dijo que podía quedarme el tiempo que quisiera. La impresión del momento me dejó con muchas ganas de eternizar aquella tranquilidad.

Pero ayer, al entrar, se escuchaba una voz que procedía de una capilla lateral, de momento quise creer que era una oración comunitaria. Me senté en un banco frente al altar mayor con la pretensión de que aquella voz no interfiriera en mis propósitos. En el pasillo dos señoras hablaban sin que las llegara a escuchar. A la voz de la capilla lateral se unió primero otra voz y después otra. Para mi desgracia no rezaban, estaban en animada conversación en voz más que alta. Me levanté y paseé por la nave con la intención de que notaran mi presencia, volví a sentarme con la esperanza de que bajaran la voz, pero sólo conseguí incomodarme cada vez más, así que me fui. 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

HACER MI VIDA

No soy de anclarme en las fechas, de hecho, si no fuera por las agendas y los calendarios, no recordaría casi ningún aniversario, ni cumpleaños, ni nada. Pero hay algunas asociaciones inevitables, las notas del Titibiliti del 8 de septiembre me traen un sabor agridulce contra el que no tengo defensa, ni creo que quiera tenerla.  

No me importa llorar porque creo que el llanto canaliza que la emoción salga y duela menos, pero cuando va a cumplirse un año desde que Joaquín marchó, espero que a una vida mejor, tengo ganas de transformar mis lágrimas en palabras.

Hay gente que dice que el primer año es el peor porque está lleno de primeras veces: las primeras vacaciones sin..., las primeras Navidades sin..., su primer cumpleaños sin... Incluso hay quien habla de que hay que rehacer(¿?) la vida.

Repaso el año y no lo veo jalonado de fechas sin, han sido 366 días (este año ha sido bisiesto) de muchos buenos ratos con su recuerdo, de días felices con nuestra hija, de conversaciones con nuestros amigos, también de muchos momentos en que me gustaría hablar con él o en el que echo de menos sus abrazos, al fin y al cabo la vida no es otra cosa que momentos puestos en fila para acabar contando una historia. No hay nada que rehacer, lo hecho ahí queda y lo que venga seguirá siendo la vida que yo vaya construyendo, durante bastantes años he tenido la suerte de hacerla en compañía de Joaquín, ahora me toca continuar de otra forma y en eso ando.

                         

sábado, 5 de diciembre de 2015

LA VIDA SIGUE

Casi tres meses han pasado desde la muerte de Joaquín. 

Siento su ausencia en muchos momentos, cómo no sentirla si estábamos juntos siempre que podíamos, nos gustaba estar el uno con el otro hablando, callando, riendo, sufriendo... y cualquier dificultad era más llevadera entre los dos.

Itziar y yo hablamos de él con frecuencia, de lo que hacía, de lo que le gustaba, de cómo era o de las cosas en que se le parece, con sosiego, incluso con alegría, porque en esos momentos sigue estando con nosotras.

En igual medida no tengo inconveniente en que se hable de él en mi presencia, también siento que me acompaña desde la cercanía de nuestros amigos, porque los que un día fueron "sus" o "mis" amigos han acabado siendo compartidos. 

A menudo tengo la sensación de que se ha ido para quedarse, se ha quedado en el corazón de cada uno de los que lo hemos querido y de los que hemos tenido la suerte de que nos amara. Y así me lo hacen saber a cada poco.

La vida sigue, no queda otra que aceptar que perdimos una guerra en la que hubo muchas batallas ganadas, menos la última, y ahora toca reconstruir sobre los escombros. 

Acabo parafraseando a Ernesto Cardenal: Podremos amar a otros como le amábamos a él (¿podremos?), pero nadie nos amará como nos amaba él.

domingo, 19 de octubre de 2014

PALABRAS DE HIELO



Foto: www.laslentejas.com


Escribo este post sin intención de usurpar palabras que nunca me han pertenecido. Son de Joaquín, y me han parecido tan llenas de poesía y de sentido para explicar lo que le pasa que he necesitado publicarlas. Estoy segura de que, cuando él pueda, encontrará una forma más exacta y más bella de contarlo. Mientras tanto me toca a mi poner las palabras a su pensamiento, que él transmite lo mejor que puede

Está contento porque puede andar, ha recuperado la fuerza en las piernas rápidamente, podrá mantener su afición de ir al monte y, algo aún más cotidiano, podrá sentirse independiente. 

A pesar de las limitaciones hablamos, el tiempo está a nuestro favor, nos conocemos y él sabe cómo sugerirme por dónde van los tiros de lo que quiere decir, a veces me adelanto más de la cuenta, pero al final nos entendemos. El otro día me hablaba de su sensación al querer decir algo, él lo piensa, las palabras están en alguna parte, pero cuando van a materializarse se esfuman, como hielo derretido. Y me lo decía así de simple y así de bien, pronunció "las palabras" y luego escribió con el dedo sobre la sábana las letras H-I-E-L-O: El agua encontró un camino por el que fluir.