sábado, 19 de septiembre de 2020

PASAN LOS AÑOS

                               
                                      


Hacía más de 5 años que no estaba en Chinchón. Algunos sábados Joaquín se levantaba con ganas de no quedarse en casa y nos íbamos a desayunar por ahí, lo mismo daba Chinchón que Torrelaguna, y lo mismo daba que el desayuno fuera a las doce o a la hora de comer. Una vez acabamos durmiendo en Plasencia y el desayuno fue al día siguiente.

Hoy he vuelto a Chinchón, más bien me han llevado. De forma parecida a como hacía su padre, ayer, nuestra hija, me propuso la visita. Había un motivo. Hace pocos días que ha aprobado el examen de conducir y quería probarse en una carretera enrevesada y, sobre todo, probarme que puedo estar tranquila si coge el coche, lo llena de amigos y se va por ahí. 

Se preguntaba qué bromas le hubiera hecho su padre en estas circunstancias. Tiene la percepción de que Joaquín la chinchaba para reírse juntos y quitar hierro a las situaciones difíciles. Dice que era la forma en que la hacía saber que la quería. El puesto de copiloto de hoy hubiera sido suyo. Y hubiera estado tan orgulloso de ella como lo estoy yo.



jueves, 9 de abril de 2020

(MI VIDA ENTRE PARÉNTESIS)


El paréntesis se abrió  cuando diagnosticaron a Joaquín de cáncer. 

Mi vida era una vida normal, que no idealizo pero que discurría de forma natural, sin que necesitara plantearme qué hacía con ella.

Ese día todo se paró. La vida se convirtió en un presente absoluto. Todo lo que no tenía que ver con acompañarle en su enfermedad quedó en un segundo plano. Seguía cumpliendo con mi trabajo y poco más.

Nuestra hija colaboró como pudo, sólo ella me sacaba del estrecho margen en el que había enfocado mi pensamiento. Ella y la enfermedad de mi madre. Fueron años muy intensos, con muchos momentos de felicidad, sinsabores, preocupaciones y esperanzas, pero me sentía en posición de standby. Esperaba que la mala racha pasara y que la vida volviera a fluir hacia mi deseo de envejecer juntos viendo crecer a Itziar.

No pudo ser. Joaquín se murió y mi proyecto desapareció. Me mantuvo la compañía de mi hija, el propósito de que ella tuviera un punto de apoyo para seguir adelante. Pero seguía clavada en el presente, avanzando por inercia, instalada en resolver las necesidades de cada día y desconectando el resto del tiempo ¡Cuántos ratos haciendo nada!

Empezaba a despertar y ahora viene este parón obligado en el que sólo siento no poder estar físicamente cerca de mis amigos. Me asusta la facilidad con la que pienso en el encierro como un destino apetecible. Siempre me he acomodado a las circunstancias tratando de hacerlo con el menor coste emocional posible, pero sé que vuelvo a quedarme atrapada en el paréntesis.

TIEMPO DE PANDEMIA


Se podía oler el miedo. Era olor a lejía y a alcohol y a jabón de manos. Todo el mundo limpiaba todo y se limpiaba continuamente, hasta desollar la propia piel. Nadie se tocaba. Si era imprescindible siempre había una barrera que impedía sentir la suavidad o el calor del otro. Y qué decir de los abrazos, si todos caminábamos a distancia.

Se habían acabado los susurros, esa misma distancia obligaba a conversaciones en voz alta. Pero casi todo el tiempo el sonido que se escuchaba era el del silencio, no había griterío de niños jugando en los parques, ni el ruido del tráfico, tal vez alguna sirena de un coche de emergencias...

Y mientras, como un brindis al sol, se aplaudía en las terrazas y se pintaban arcoíris y se encendían velas o se apagaban luces a las órdenes de unos mensajes que se propagaban más rápido que los virus, sin saber quién los lanzaba pero que permitían instalarse en la comodidad de creer estar haciendo algo útil, arropados por la mayoría.

domingo, 29 de marzo de 2020

jueves, 12 de diciembre de 2019

CINCUENTA Y CINCO


Mi edad es experiencia acumulada.
Dificultades superadas.
Felicidad disfrutada.
Amaneceres en compañía.
Atardeceres sola.
Retos conseguidos.
Fracasos sonados.
Proyectos llevados a término.
Planes inacabados.
Ilusiones.
Miedos.
Risas.
Llantos.
Desengaños.
Esperanza...
Vida.

sábado, 12 de octubre de 2019

OTRO PUNTO DE VISTA


Un día me encontraba mirando al mar Cantábrico a la altura de Donostia y se me vino a la cabeza cuánto habían cambiado algunas cosas desde las últimas veces que había visto ese mismo mar desde esa misma ciudad. 

Hice un repaso, en apariencia mi vida era muy parecida, salvando que la compañía de Joaquín era menos corpórea. Concluí que la diferencia no era más, ni menos, que un cambio en el punto de vista:

Estaba allí, apoyada en la famosa barandilla de la playa de... Ondarreta, era un día claro y veía el Peine del Viento y el Puerto, como tantas otras veces... pero no, no recuerdo ninguna ocasión en que esa fuera mi primera visión de esa bahía, siempre llegábamos entrando por la Parte Vieja y la Concha. Esa vez ni siquiera pisé la Parte Vieja ni pasé por los Cubos hacia la Zurriola. Mariaren Bihotza ahora es Claret Ikastola... también otro punto de vista.

Otro cambio, ya iniciado hace unos años, pero ahora consolidado y con visos de ir a más: cuando Joaquín se encontraba bien viajábamos a nuevos y viejos lugares, por curiosidad o nostalgia, pero con el único fin de viajar. Ahora viajo “por deporte”, no, no es una nueva modalidad deportiva, simplemente las fechas y los destinos están marcados por los campeonatos y encuentros deportivos de nuestra hija. Por eso la visita a los lugares habituales queda condicionada por los ratos que deja el horario de los partidos y la ubicación de los polideportivos.

Otro cambio más, mi posición se ha desplazado desde el asiento del copiloto al del conductor, apenas unos centímetros en distancia física, pero psicológicamente es un abismo que, inesperadamente, he saltado sin dificultad.

Aclaro que no he estado recientemente en Donostia, pero sí he viajado a otro campeonato y he recuperado una reflexión que escribí hace tiempo.

sábado, 22 de junio de 2019

RECUERDOS Y OLVIDOS (II)



Por fin he empezado el libro anunciado, en un cuaderno de hojas no tan blancas ni tapas tan duras como el que suponía, pero mucho más apropiado y personal de lo que hubiera soñado.


El libro va a ser el resultado de un regalo recíproco: el contenido, como dije, es mi responsabilidad, una mirada al pasado legada al futuro y el soporte ha sido una sorpresa de mi hija en el presente.



Al final es un bloque de hojas color crema, encuadernado con tapas de cartón, un soporte adecuado para estampar un grabado realizado por ella.

Está hecho a partir de un dibujo suyo de Notre Dame, anterior al incendio, sobre una plancha de linóleo, vaciado con paciencia y habilidad. La estampación no es técnicamente perfecta, consecuencia de la realización casera sin material adecuado, pero el efecto es ad hoc sin tacha. Desdibujado en algunas zonas, corregido o redundante en otras y con intensidad variable de los trazos... como son los recuerdos.

Aún está sin acabar, no me refiero al contenido, que va a ser una tarea siempre inacabada, la foto que veis es la portada, pero la tapa de atrás va a ser el mismo dibujo en negativo y requiere trabajar sobre otra plancha. 


Ya nos hemos puesto las dos manos a la obra.