lunes, 23 de marzo de 2026

OSCURIDAD

 



Me encontré este cartel en la puerta de Nadie, nunca, nada, no.


Entré a preguntar si la exposición estaba visitable, me recibieron dos perros ladradores además del hombre y la mujer que trabajan y gestionan el lugar. El paso a lo que yo conocía como zona de exposición estaba cubierto con una cortina negra que ella traspasó para encender el sonido, me explicaron que estaba muy alto y que lo silenciaban mientras no había ninguna visita. Al poco, pude comprobar que el volumen era realmente potente, luego me apartó la cortina y me explicó que debía entrar por el pasillo de la izquierda.


Tras la cortina negra me encontré ante una pared igual de negra. Había un un resplandor a través de la puerta del aseo, que me permitió intuir la entrada. Lo demás era una oscuridad casi impenetrable, confié y eché andar hacia la izquierda antes de alcanzar la pared. Conocía el espacio de una exposición anterior, pero tuve que avanzar echando los brazos hacia delante, temiendo chocarme. La música sonaba, una luz se encendió y se apagó, me dió tiempo a ubicar las columnas y ver que todo era negro, un panel también negro dividía el cuadrilátero de la sala que yo recordaba.


La música, ensordecedora, seguía sonando, una luz se encendió y se apagó, vi algún color entre aquellas paredes negras. La cadencia de luz, sonido e imágenes evolucionaba de forma que a mí me parecía aleatoria, tras repetirse varias veces, conseguí ver que las paredes estaban cubiertas de fotos de flores que se veían momentáneamente. 


Deambulé a tientas un rato, evitando las columnas, viendo su sombra sobre las paredes. A  ratos luz, a ratos oscuridad, a ratos silencio, a ratos sonidos encadenados en una melodía sin ritmo, irreconocible.

En ese momento pensé en escribirlo, porque aquel no era un lugar para cualquiera.  No era lugar para miedosos, ni para gente que no le guste la oscuridad, ni la soledad, ni la incertidumbre, ni los sonidos fuertes pero, a la vez,  podía ser un ejercicio para tolerarlos.


Yo entré sin tener idea de lo que iba a encontrar, a pesar del cartel de la calle. Pasé de la sorpresa, a la incomodidad y luego a la curiosidad, al interés y, al final,  al cansancio. No sé cuánto tiempo estuve allí, me quedé sin saber si la música tenía un principio y un final, si me perdí algo por no esperar un poco más. 





Al salir, me dieron una tarjeta con una flor monísima preparada con una delicadeza que contrastaba con lo que había sucedido. Y eso fue todo.








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